En San Cristóbal convivimos indígenas, coletos, europeos sajones y latinos, argentinos, chilangos y mexicanos de otras latitudes, también vienen de paso o a establecerse, centroamericanos. Todos debiéramos vivir en hermandad y tener un gobierno democrático para todos. No se trata de votos, sino de buena voluntad para construir una sociedad cosmopolita e incluyente, interesante y atractiva.
Pero en este momento el gobierno está a cargo de los de siempre, leguleyos pseudomasones con distintos prestanombres, integrados a la clase política nacional, en la que hay incluso miembros del poder legislativo y judicial federal y estatal, que se venden al mejor postor, como son la delincuencia organizada y la corrupción larvada en Tuxtla. De ahí el caos urbano y la falta de espíritu de convivencia. Todos quieren obtener ganancias en el negocio turístico, en la actividad comercial y en la especulación inmobiliaria de la ciudad, pero ninguno de ellos está dispuesto a favorecer la urbanidad de manera honesta. Persiste entonces y se profundiza la pudrición moral que da lugar al deterioro progresivo de la convivenvia urbana en todos sus aspectos.
La falta de planeación urbana es inherente a todas las ciudades de tamaño medio del país. Estas urbes, se construyen sobre pilares de pobreza y corrupción. Si los ciudadanos que las habitamos no nos convertimos en agentes proactivos, que luchemos fuertemente para remover de una vez por todas a las autoridades que no funcionan. Esta rebeldía se hace necesaria para proveer de los servicios indispensables, entre los que la seguridad y el agua potable son críticos en San Cristóbal.
Todos debemos organizarnos para que el esfuerzo ciudadano por darnos mejores gobernantes fluya libremente hacia la meta. Tenemos que sacudirnos a esta camarilla.
