
La construcción y operación de rutas ecoturísticas es sin duda una acción que permite atraer más turistas a las ciudades que se proponen a hacerlo. La llamada “Ruta de los Molinos” en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas en México, impulsada por la controvertida Fundación Na Bolom, se inscribe aparentemente dentro de estos propósitos ecológicos y turísticos. Sin embargo, cabe hacer una crítica al respecto en lo que respecta a su viabilidad sociopolítica.
El oriente de la ciudad de San Cristóbal, que es donde se ubica la ruta que se propone, tiene bosques relativamente mal conservados en las inmediaciones de los molinos, a pesar de que en todos los casos han sido sujetos de movimientos agrarios que impusieron habitantes indígenas con vocación productiva agropecuaria (maíz, hortalizas y ovinos) y forestal consistente en la tala ilegal de bosques de pino, que generan productos que incluso los restauradores de inmuebles en San Cristóbal adquieren; cabría preguntarse cuántas construcciones en San Cristóbal en este momento utilizan madera de origen ilegal.
Estas vocaciones económicas que los habitantes de esas zonas ejecutan, no tienen una relación directa con la actividad ecoturísitca, que en San Cristóbal más bien realizan personas de otro origen étnico, incluso extranjeros, si bien es cierto que el Parque de Rancho Nuevo, propiedad de la Secretaría de la Defensa Nacional cumple con criterios ecoturísticos bastante aceptables y da trabajo a muchas personas indígenas y mestizas.
Los habitantes de la ruta, en su momento despojaron a sus legítimos propietarios de la superficie que hoy ocupan, aunque después hayan llegado a un arreglo con la intermediación – buena o mala – de las autoridades agrarias estatales y federales. Esto salvo en el caso del “Molino de los Arcos”, que aun no llega a un arreglo entre propietarios y posesionarios y que el gobierno del Estado pretende solucionar como un problema de vivienda, olvidando la historia de una Reforma Agraria inconclusa en Chiapas.
El establecimiento de esta ruta, conlleva entonces la imposición de un esquema que provocaría a la acción política de los posesionarios de los terrenos por donde pasara, dadas las suspicacias que surgirían con respecto a las actividades económicas que pudieran permitírseles. No debemos olvidar que los Molinos eran un símbolo de la dominación colonial, en los que congregaciones religiosas, propietarias de ellos, obligaban a los indígenas a trabajos excesivos, casi esclavizantes y que la historia nos dice que dichos molinos empezaron a perder auge gracias a la aplicación de las Leyes de Reforma en Chiapas y luego con la Reforma Agraria. De hecho, San Cristóbal dejó de ser un lugar para la transformación del trigo en harina, no así en cuanto a la producción de pan, cuya materia prima ahora incluso se importa de Estados Unidos.
Dice la tradición oral por ejemplo, que la penúltima rebelión indígena, la del “Pajarito”, fue extinguida precisamente en el Molino de “San Nicolás”. Hay que tener cuidado con estas nostalgias del pasado reaccionario, aunque en un tiempo de reanudación de la acción política de la parte más reaccionaria de la Iglesia Católica, no es de extrañar. En todo caso, los Molinos debieran ser restaurados y utilizados para algo que promueva más la igualdad social en Chiapas y genere mayor Desarrollo Humano. Esta rehabilitación social de dichos lugares históricos no necesita de la intervención más que de los propietarios de cada Molino, de acuerdo al proyecto que cada quien proponga, sin la participación de una intermediaria incómoda, dispersa y voraz.
También hay que ser cuidadoso de promover proyectos que enfrenten a la población por la posesión de territorio y supremacía en actividades económicas.
Por lo que toca a la seguridad, en diciembre de 2008, 3 extranjeros indocumentados, 2 ecuatorianos y un chino, fueron muertos a mansalva en las inmediaciones de dicha ruta, por elementos de la Seguridad Pública Estatal. Asunto de extrema gravedad al que se le ha echado tierra. En realidad, esa ruta, es también una ruta de introducción de indocumentados a la ciudad de San Cristóbal, en su paso hacia el centro de la República y luego a Estado Unidos. Esto implica un riesgo para los turistas extranjeros que visitaran el mencionado lugar, sin contar que en la década de los noventa al menos fueron encontrados dos cadáveres de mujeres extranjeras violadas y asesinadas en la misma zona. ¿Qué garantías de seguridad existen para los visitantes? Ninguna.
Ahora bien, muchas zonas de la mentada ruta están plagadas con insectos descortezadores de pinos (dendoctronus frontalis, dendoctronus adjuntus), lo que implica que al ser visitadas por turistas que vienen de todo el mundo existe un riesgo de sanidad vegetal de grandes dimensiones, sobre todo si se toma en cuenta que se trata de personas que hacen un recorrido por diversos lugares boscosos de la geografía nacional y de América Central y del Norte. En este sentido, una ruta de esta naturaleza, no podría catalogarse de “ecológica”, sino más bien un serio riesgo de impacto ambiental.
Adicionalmente, existe el riesgo de que estas rutas sean de pronto aprovechadas por los arrendadores de cuatrimotos – deporte muy en boga -, como ha ocurrido en la Sierra Gorda de Querétaro y en Mazamitla, Jalisco, lo cual atraería turistas, es cierto, pero ocasionaría daños, como la extinción de especies animales autóctonas, en un entorno ecológico cada vez más deteriorado por la codicia de los especuladores inmobiliarios y el turismo mal planeado.
Además, es sabido que los recursos que organizaciones internacionales y el mismo gobierno pudieran aportar para la realización de este proyecto, podrían correr el riesgo de ser desviados a tapar boquetes financieros que existieran en otros ámbitos de acción, ya fracasados. Sería mejor invertir en educación, en construir y reconstruir escuelas y no en sustituirlas por plazas comerciales, en el desarrollo de programas de estudio e investigación que dotaran a nuestros niños y jóvenes de una mejor conciencia para la conservación ecológica. También es necesario invertir en una mejor concertación social que lleve a todos los habitantes del Valle de Jovel a actividades económicas dignas y bien remuneradas.
